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Canción a mí misma

by Samantha Salas

Mi mamá siempre me dijo que lo mío era comunicarme. Le oí mil veces decir: “haga teatro, mi amor” y “usted tiene un don, mi cielo”. Mi madre veía algo que no logré ver en mí hasta después de muchos años.

Busqué mi voz en muchas partes y por muchos años. A los 17 compuse mi primera canción con guitarra en mano. Es esa época, todavía me mentía y me llamaba a mí misma un muchacho. Con esa primera voz canté en muchos escenarios.

Durante este tiempo traté de cantar mis emociones más honestas. No miento cuando digo que hice lo mejor que pude con lo que tenía. Pero, cuando estaba frente a pequeñas multitudes nunca me quité la sensación de que algo no terminaba de sonar completamente honesto. Un día, cuando tenía 24 años y luego de muchas canciones escritas y cantadas y de revolver todo San José buscándome, me vi finalmente al espejo y supe lo que faltaba.

Tuve mucho miedo la primera vez que me pare frente al público con mi guitarra, ya como Samantha. En un mundo donde los muchachos son los que parecen tener el toque de Midas, y donde las muchachas han tenido que de darse de golpes para conseguir un lugar… ¿que iba a hacer yo? ¿iba a ser “la mae trans”?

Odio esa frase porque, la verdad, me he permitido navegar el mundo de una manera que a ratos se me olvida que soy trans. Se me olvida que soy “la mae trans”. Se siente rico obviar las etiquetas y solo saberme una de las muchachas.

Decidí que mi voz estaba bien para la mujer que soy, que me merecía una banda de maes que creyeran en mí y que yo podía (y tenía que) liderarlos. Me dije que me merecía ser una de esas muchachas. Y es que es adictivo, sentirme yo misma y cantar con ganas frente a tanta gente. Todos esos sueños encerrada en mi cuarto acostada, viendo al techo, escuchando Bikini Kill, Tori Amos y PJ Harvey se han cumplido finalmente.

No niego que aún hay algo de miedo cada vez que me subo al escenario. Me da miedo que alguien abra la boca. Que me bote la Samantha que tanto me enorgullece ser y me haga sentir como antes. Pero es ahí cuando me aferro a las palabras de una hermana música feminista: “lo personal es político, Sam”.

Yo sé que ahí, de frente en el escenario, estoy haciendo algo por alguien. Alguien en el público que se pregunte si debería transicionar, si la vida va a valer la pena luego de echarse al mundo encima. Por eso canto más fuerte y con más pasión. Cada vez que me paro a la par de esas alineaciones de puros hombres, estoy abriendo un espacio… aún no sé para quién.

Lo que más anhelo es no ser la única. Quiero que vengan a estos espacios muchas más como yo. Una vez leí a una de mis heroínas decir que nuestra presencia educa. Que nosotras estemos ahí en lo cotidiano –y en mi caso, en lo mágico-, es lo que va a cambiar el mundo para nosotras. Para “las maes trans”.

La fuerza de cuando una pierde todo el miedo es increíble. A mí me salvó el feminismo y el saberme valiente, el saberme completa.  Es muy poderoso finalmente darme cuenta que todas las armas que ocupaba para enfrentarme al mundo, todo lo que necesitaba, estaba dentro de mí misma.

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